Como en otros países (Venezuela, México, España) a finales del siglo XX en Colombia, nació el movimiento de cuentería ocupando teatros, plazas, parques y, en general, casi todos los espacios sociales, sin que nadie sintiera la necesidad de preguntarse de qué se trataba. Narrar cuentos oralmente hacía parte de la cotidianidad del ser humano y, por tanto, los cuenteros se insertaron de manera natural en la vida cultural y artística del país. No hubo sorpresa ni extrañeza: la tradición oral ha estado ahí desde siempre, el arte de contar cuentos ha existido desde principios de la humanidad, dijeron muchos.
Sin embargo, en un momento comenzó a instalarse el discurso de que se trataba de algo nuevo o renovado, Narración Oral Escénica. Esa afirmación provocó risas entre antropólogos, políticos, escritores, gestores culturales e incluso entre los propios cuenteros, sobre todo aquellos que, desde la vertiente del “cuento en la educación”, llevaban años contando cuentos para niños o promocionando literatura infantil. No hay nada nuevo dijeron muchos, solo unas condiciones sociales que han permitido que resurja un viejo arte. Para otros, lo renovado era el uso de herramientas del teatro para contar cuentos en público.
Hoy podemos decir con más certeza que lo que emergió fue el gremio, la juntanza, y con ella un movimiento cultural y artístico que podría nombrarse como movimiento de cuentería o de narración oral. Un movimiento artístico que explotó con tanta fuerza entre finales de los ochenta y principios de los noventa que fue llamado Boom, "el boom de la cuenteria en Colombia". Los cuenteros jalaban público, creaban mecanismos de circulación, festivales, encuentros y gran diversidad de formatos y obras artísticas. Y después de una década, un poco más mesurado, siguió creciendo, no obstante, ese crecimiento práctico no estuvo acompañado de acuerdos conceptuales claros. Comenzaron a aparecer términos sin marcos históricos ni epistemológicos definidos, como cuentero natural o personaje narrador, entre muchos otros. Paralelamente, y gracias a que el movimiento de cuentería se fortaleció en las universidades, se invirtieron grandes esfuerzos académicos para vincular, a través de tesis e investigaciones, el arte de contar cuentos con casi todas las áreas del conocimiento. Algunos afortunados, lograron vincular conceptualmente la cuentería con diferentes campos del saber y muchos otros trastabillaron sin poder establecer un marco teórico para el arte de contar cuentos ya que no es posible hacerlo deslindándose de la teoría literaria y la teoría literaria no da cuenta de la oralidad.
La paradoja es evidente. Si el teatro cuenta historias, el cine cuenta historias y la literatura cuenta historias, ¿cómo construir un marco teórico sólido para definir el arte de contar cuentos? El problema no radica en la práctica misma, sino en el enfoque desde el cual se ha intentado legitimarla.
El discurso de que contar cuentos es un arte ha resultado insuficiente para abrir espacios entre la intelectualidad, la burocracia y las políticas públicas. Como consecuencia, el movimiento de cuentería quedó al vaivén de las circunstancias, fragmentado en islas regionales con discursos propios, algunos más efectivos que otros, pero sin acuerdos que lo consolidaran formalmente como movimiento nacional. Esta formalidad estaría evidenciada si existiera una política explícita de fomento a la narración oral en Colombia, pero desafortunadamente no hay indicios de llegar allá en el corto plazo.
Las primeras generaciones de cuenteros, aquellas que iniciaron el boom y disfrutaron de teatros y plazas llenas, probablemente sabían que no se trataba del arte de contar cuentos, sino del arte de narrar oralmente y aunque no formularon acuerdos conceptuales explícitos, es innegable que gracias a ellas se lograron importantes reivindicaciones que abrieron camino a las generaciones posteriores.
Hoy, después de casi cuarenta años, la cuentería o la narración oral sigue sin una teoría propia y sin una política de salvaguardia y de fomento. Persiste la sensación de ser un arte escénico que no es teatro, en un país que no ha definido una linea nacional para las artes escénicas y en el que desde la centralidad hasta las regiones, las artes escénicas se miran exclusivamente desde la lógica del teatro representativo. Cuando la narración oral se incluye en programas de fomento, en muchos casos, se hace bajo las estéticas y reglas del teatro o bajo las reglas y estéticas de la literatura, y como el fomento en la mayoría de casos se refleja en convocatorias de estímulos, las curadurías se hacen sin idoneidad. Asistiendo así a una disminución en la calidad de la creación artística que a la postre termina en sesgos en los que cualquier ministro, director de cultura o burócrata considere a la narración oral como irrelevante y poco aportante, por desconocimiento, no solo de la historia, sino de los procesos artísticos que giran en torno a la oralidad.
Esto no solo es problemático, sino profundamente incoherente con la historia del gremio, que incluso, a topa tolondra, ha forjado un movimiento artístico que ha revelado en los imaginarios sociales nuevas posibilidades formativas, económicas y estéticas para las artes. Hace cuarenta años no se asumía la narración oral artística como un oficio digno, necesario y remunerado. Tampoco se dimensionaba el impacto que la oralidad pensada como arte tendría en millones de seres humanos.
En síntesis, el problema radica en la falta de claridad teórica de todo el ecosistema de la oralidad y en no establecer con contundencia que no se trata del arte de contar cuentos, ni siquiera del arte de contar cuentos oralmente, sino del arte oral. La cuentería es arte oral, no es arte literario, ni es arte representativo, es arte con toda la potencia semiótica de la oralidad, en el que la escena no es el espacio de la representación, sino el espacio de la comunicación, ya que la oralidad es comunicación y su prototipo es la conversación. El arte oral es la conversación dimensionada al plano artístico, es un arte secular que alberga múltiples formas, entre ellas la narración oral, y que reivindica la oralidad en su conjunto.
La narración oral está íntimamente ligada al teatro y a la literatura pero es una forma artística diferente y mientras no exista su reconocimiento como forma de arte secular y no se valide su autonomía será muy difícil su fomento.